A MODO DE PRESENTACIÓN Y DE HOMENAJE

Cumplo con estas palabras una solicitud de Rafael, Presidente de la AHS, quien conoce la relación que unió a Sergio con mi padre y mi familia y me pidió una presentación para este libro desde un enfoque personal.

Se lo agradezco. Me obligó a escarbar entre las más lejanas  remembranzas para volver sobre los pasajes de mi infancia que tuvieron algo que ver con el menor de los hermanos Saíz Montes de Oca y con la quemadura atroz que dejó en mí y en todos los que me rodeaban el doble asesinato del 13 de agosto de 1957.

No he podido reconstruir mis recuerdos en estado puro (¿es posible hacer algo así?); ya que se han  venido entremezclando con lecturas posteriores y criterios y evocaciones que me fueron trasmitiendo otras muchas personas.

Sergio integraba un pequeño grupo de estudiantes que recibía clases en una especie de academia privada que tenía mi padre en Pinar del Río, en la década del 50 del siglo pasado. Como la sede de la academia estaba en una sala de mi propia casa, algunos de estos alumnos intercambiaban de manera informal, en los recesos o al entrar o salir del “aula”, con mi madre y hasta conmigo, que tendría por entonces unos seis años de edad.

Sergio, o más bien Sergito (todos lo llamaban así), estaba siempre de buen humor, sonriente, rebosante de simpatía. La imantación que ejercía sobre sus condiscípulos era evidente, incluso para mí, que flotaba en la época en un ingenuo limbo de intuiciones. 

He retenido en particular una anécdota intrascendente en la que intervino Sergito. Se trataba de un tema que había creado tensión en mi casa: el de mi primera comunión. El hecho es que yo estaba negado a someterme a aquel ritual que rechazaba. Mi madre era católica; aunque no iba muy a menudo a la iglesia. Pero sí rezaba antes de dormir; tenía en la mesa de noche rosarios, estampitas, un crucifijo; y estaba naturalmente interesada en que yo me sometiera a la ceremonia iniciática establecida. Creo que a mi padre, anticlerical, ateo, volteriano, le gustaba aquel inesperado brote de rebeldía en su hijo.

Mi negativa, que conste, no se asociaba a la falta de fe (yo creía de manera vaga en la existencia de algún tipo de Creador); sino a la idea, desatinada, intolerable, de confesarle a un desconocido no sé qué pecados que tendría que inventar. Mi confesor sería, para colmo, un cura español que ceceaba.

Sergito, a quien mi padre había puesto al tanto del problema, me llamó y quiso hablar a solas conmigo. Dijo en tono confidencial que iba a entrar en un seminario para prepararse como sacerdote, me preguntó a boca de jarro si no me importaba ir al infierno e hizo una pausa. Supongo que el terror se me reflejó en la cara; pero enseguida se echó a reír para que yo entendiera que todo lo que me había dicho no era más que una broma. Su risa brilla a veces como un chispazo, a pesar del tiempo, en una zona secreta de  mi memoria.

Algo monstruoso me marcó más tarde con una indeleble huella de fuego: la noticia del doble asesinato. Había caído un pesado manto de angustia y horror sobre todo Pinar del Río. Mi madre lloraba. Mi padre repetía una y otra vez que Luis y Sergio andaban desarmados. “No tenían ni una cuchillita”, decía. Para mí, que ni siquiera entendía aún el significado de la Muerte, fue un golpe feroz, ciego, inconcebible, que luego fui comprendiendo poco a poco.    

El tiempo pasó y me dio el privilegio de hacer amistad con una mujer admirable, luminosa, a la que el dolor no pudo quebrar nunca, Esther Montes de Oca, y de visitarla en su casa de San Juan y Martínez. Descubrí que en la pared estaba colgada una fotografía tomada en el patio que daba al “aula” de la academia, donde aparecían Sergio, otros alumnos, mi padre, mi hermana, mi madre y yo.

Los textos de Luis y Sergio los leí, por supuesto, años después de su muerte. He vuelto muchas veces sobre sus versos y reflexiones y siguen sorprendiéndome  aquellos dos jóvenes muy jóvenes, casi adolescentes, realmente increíbles por su precocidad intelectual, la madurez de su ideario martiano y liberador y su coherencia ética.

Esta selección de Figueroa demuestra una vez más que en el centro de las preocupaciones de los hermanos Saíz conviven las urgencias por llevar adelante una revolución social profunda en nuestro país y por diseñar sin demora, simultáneamente, la República soberana, justa y auténticamente democrática que habría que levantar sobre las ruinas de la neocolonia derrotada. Es la doble obsesión de José Martí en su preparación de la “guerra necesaria”.

Son particularmente atractivas las acotaciones que hicieron Luis y Sergio en las márgenes de sus libros de historia y en general de ciencias sociales. Se advierte en esas notas la forma tan aguda y lúcida en que leían los dos jóvenes. Discuten con los autores de igual a igual, rompen mitos, rectifican, matizan, contradicen. Son un ejemplo del tipo de lector crítico, no manipulable, que aspiramos a formar.

Felicito a Figueroa por este nuevo acercamiento a dos figuras tan apasionantes.

Felicito a Rafael, José Ernesto, Yasel, Rey, a los demás integrantes de la Dirección Nacional y a todos los miembros de la AHS por el 35 aniversario de la organización.

La Habana, 2 de mayo de 2021

Presentado como pórtico al libro Juventudes, compilación del pensamiento sociopolítico de los hermanos Saíz preparado por Luis Alberto Figueroa Pagés y presentado en el Pabellón Cuba el 18 de octubre de 2021, como parte del programa de actividades por el 35 aniversario de la AHS.

Tomado de El vuelo del gato

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