Francisco Vicente Aguilera desde la pupila de José Martí

La grandeza de un país, más que por su espacio geográfico o por su número de habitantes, se mide por la dimensión de los hombres que construyeron su historia, su cultura, sus redes identitarias y su memoria.

La nación cubana, construida en un pequeño espacio geográfico, pero en el cual se vivió la intensidad de todas las contradicciones y paradojas que se desencadenaron con el nacimiento del mundo moderno, no solo goza de figuras extraordinarias, hijos amantísimos de la patria que los vio nacer, sino también de una pléyade de hombres y mujeres que contribuyeron a forjar esta nación. Ello lo realizaron, no solo con el fuego de las armas y de las letras afiladas, sino también con la constante voluntad de que Cuba fuera lo que genuinamente debía ser.

Estos hombres, no siempre estudiados y colocados en el lugar que deben ocupar en nuestra historia, tuvieron el mérito de la modestia, de la voluntad, de la fidelidad a sus ideas y de la expresión de su cultura cubanísima. Amantes de la patria soñada con los ingredientes que en su época le daban la vitalidad creadora para construir la verdadera y auténtica nación, hija del mundo real que no siempre aparecía en las visiones ideales de los que desde arriba juzgaban a los de abajo, lo dieron todo sin reclamar para ellos beneficio alguno.

En el presente año conmemoramos el 200 aniversario del natalicio de Francisco Vicente Aguilera y Tamayo. Nació el 23 de junio de 1821; 55 años después, el 22 de febrero de 1877, fallecía. Vio la luz en el culto, rebelde y poético Bayamo; abandonó el mundo de los vivos en el frío, bursátil e inhumano New York. En Bayamo era uno de los hombres más ricos de toda la región oriental de Cuba. Se despidió de este mundo con los zapatos rotos, llevando a su hijo a un orfelinato, sin dinero y en la más absoluta pobreza.

Él fue uno de aquellos, a los que definió Máximo Gómez como “los hombres del 68”, que lo dio todo, no solo por una independencia formal de Cuba sino que, con ella, surgiera la patria nueva que implicaba la dignidad nacional y la justicia social.

Poco se ha divulgado de la grandeza de este gran patriota cubano nacido en Bayamo. No es de aquellos a los que se le dedica anualmente libros, artículos, folletos y obras de arte. Los olvidos suelen ser males que deconstruyen pueblos, incluso, en esas ausencias puede haber esencias que explican mejor lo que realmente fuimos y lo que hoy somos.

El asunto no es nuevo. Nuestro José Martí se dolía con estas ausencias. Ante el espectáculo de la desmemoria en un acto público, escribe el 16 de abril de 1892, en su periódico Patria: “¡Anda de moda tener a menos aquellos a cuya mesa comió como hermano el millonario heroico, el caballero intachable, el padre de la república, Francisco Vicente Aguilera! Pues para que esas modas mueran, cría y prepara el Liceo San Carlos”.

Martí, antes de escribir estas frases ha observado que es en San Carlos donde se colocan, a la par, los nombres de Carlos Manuel de Céspedes “que nos echó a vivir a todos” y de Francisco Vicente Aguilera “que amó tanto”.

Porque también estaba de moda la adulación falsa cuando los oportunistas al interior del movimiento revolucionario ya se les ve buscar las alianzas del poder para sofocar el impulso de una revolución “so capa de servirla, por la alianza aviesa con gente pontificia, la gente del alma floja”.

Céspedes y Aguilera, uno con el otro, inseparables siempre, dieron vida a la revolución creadora de la independencia necesaria para que Cuba fuese cubana por la siembra que dio vida, raíces y frutos a un pueblo nuevo.

Nadie caló tan hondo en las esencias de los hombres del 68 como el apóstol cubano. Sus escritos hacen vibrar y a veces arrancan lágrimas ante la entrega de aquellos hombres y sus familias que fueron capaces, como pocos en el mundo, de renunciar a sus riquezas para que de sus ruinas naciera una nación forjada con los horrendos eslabones de la esclavitud y el impulso que nace para combatir las más despiadadas injusticias.

 No existe imagen más soberbia que la de Francisco Vicente Aguilera ante las indecisiones de prender fuego a Bayamo para impedir su entrega al ejército colonialista. En esa ocasión expresó la que debía ser cita obligada en los panteones cubanos: “si esa es la voluntad de los bayameses, destrúyase todo por el fuego, yo renuncio a los míos, porque yo no tengo nada mientras no tenga patria”.  Ardieron las propiedades de Aguilera en sus propias manos. Ese es “el millonario heroico”, “el caballero intachable”, al que Martí se refiere.

La grandeza de Aguilera, tiene alcances únicos en la historia de nuestro país. Conspirador, desde 1851, por la independencia de Cuba; estudió en el Colegio Carraguao (Centro habanero de formación de la juventud, en el que participaron José de la Luz y Caballero y José Silverio Jorrín); mantuvo estrechas relaciones con los conspiradores de las regiones de Puerto Príncipe (Camagüey) y de Oriente. Perteneció al movimiento artístico y literario de Bayamo en el cual mediante la revolución de las letras se fraguó la revolución de las armas.

Junto a los camagüeyanos es el iniciador y organizador de nuestra primera guerra de independencia; funda en Bayamo, junto a Pedro Figueredo y Francisco Maceo Osorio, primero la logia Estrella Tropical, a la que se afilian los conspiradores de la ciudad y de Manzanillo, Jiguaní, Las Tunas, Holguín, la que sirve de base para crear el Comité Revolucionario de Bayamo. Un aspecto es importante destacar en este proceso. Todos escogieron a Francisco Vicente Aguilera como su jefe, como la persona adecuada para unir a los hombres, preparar las condiciones para la guerra de independencia y organizar la república con la cual debían hacer el movimiento.

Su inteligente trabajo permitió superar las dificultades que presentan el encuentro de personalidades fuertes y diversas; patriotas todos, pero de diferentes criterios. Por ello Martí le da el título más honroso que podía recibir un hombre: “Padre de la República”.

Los avatares de la guerra, unos muy destacados y otros perdidos en la memoria, no siempre recuerdan a los heroicos hombres que formaron parte de las tropas de Aguilera. Fue en su hacienda Cabaniguán, donde se constituyó este grupo armado. No se recuerdan traidores entre ellos.

Muchos años después Martí se refiere a estos olvidados heroicos mambises: “Cabaniguán es el partido de Francisco Vicente Aguilera. De su gente se hizo, con Pedro Gómez a la cabeza, la partida de Cabaniguán. Pedro Gómez murió en el encuentro de Chapala. Cabaniguán no ha muerto. En Cuba, después de mucho pelear, dejó el arma en descanso. En Cayo Hueso reaparece.”

De las grandezas de Aguilera está llena toda su vida: la aceptación de la jefatura de Céspedes; la quema de sus propiedades; la vicepresidencia de la república, su angustioso peregrinar buscando por el mundo los recursos para la guerra y el reconocimiento de la república mambisa; el sacrificio de su familia; las luchas contra el divisionismo; su modestia, su honestidad a toda prueba, lo convierten en el símbolo genuino de los iniciadores de nuestra guerra de independencia y de la república “con todos y para el bien de todos”, laica, libre y la cual fuera expresión de la “dignidad plena del hombre”.

La grandeza de Francisco Vicente Aguilera y Tamayo no está en los grandes hechos militares, está en la siembra fructífera que dio vida a nuestra nación y a nuestra república, siempre como aspiración a superar todo aquello que es necesario para alcanzar algún día esa plena realización del pueblo y la nación cubanos.

Tomado de Patria Nuestra

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