Orlando Bosh Ávila: Tiene cientos de muertos clavados en las pestañas (2ª parte / Final)

De buenas a primeras pasó para Chile, atraído por un aullido del también lobo terrorista Augusto Pinochet. Desde su nueva guarida participó en el atentado contra el general Carlos Prats, ex ministro de Defensa del gobierno de Salvador Allende.

Utilizando la estructura de la llamada “Operación Cóndor”, Bosh planificó y llevó a cabo el secuestro, asesinato y desaparición de dos diplomáticos cubanos radicados en Buenos Aires, el 19 de agosto de 1976. En Washington, el 21 de septiembre de ese propio año, una poderosa bomba despedazó el auto donde viajaba el excanciller del gobierno de Salvador Allende, Orlando Letelier. Ahí estuvo la mano de Orlando Bosch.

Es en ese momento que el entonces director de la CIA –y luego vicepresidente y presidente de Estados Unidos– George Bush, ordenó aglutinar a los más agresivos miembros de la contrarrevolución cubana de Florida en el tristemente célebre Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU). La reunión constitutiva tuvo lugar en república Dominicana y Orlando Bosch fue designado su máximo responsable. A partir de ese momento la actividad terrorista contra Cuba se recrudeció.

Ya frente al CORU, al maniático homicida le dio por destruir aviones. Su primera acción fue contra la línea aérea Cubana de Aviación, en Barbados, y posteriormente contra la Air Panamá, en Colombia. Pero su “obra cumbre” como terrorista y genocida sin escrúpulos se consumaría el 6 de octubre de 1976, nuevamente en Barbados, al hacer estallar en pleno vuelo un avión de Cubana de Aviación con 76 pasajeros a bordo.

En Trinidad y Tobago fueron apresados los autores materiales, dos ciudadanos venezolanos. Pocos días después, en Caracas, serían detenidos los autores intelectuales y planificadores: Orlando Bosch Ávila y Luis Posada Carriles.

El proceso contra los cuatro culpables fue accidentado. La complicidad de la CIA acechaba los magistrados. Más suspicacia se crea cuando el gobierno estadounidense decide no aportar ni una frase a la información que compone el sumario. Es más, incidió en la decisión de no tomar en cuenta el detallado testimonio del taxista que en Barbados trasladó a los venezolanos hasta su embajada, luego de haberse confirmado la explosión del avión civil cubano. Igual desconocimiento hubo en relación con el testimonio de otro taxista que, al final del aciago 6 de octubre, los trasladó hasta la embajada estadounidense.

Nuevamente Estados Unidos intercede por su “terrorista bueno”. En febrero de 1987, luego de una nueva y amañada revisión de la causa, Orlando Bosch salió libre de la cárcel venezolana “por falta de pruebas”.

Sabiéndose protegido, prefirió ingresar ilegalmente a Estados Unidos, donde fue inmediatamente detenido, por no haber respetado años atrás una sanción de libertad condicional y abandonar el país. El sumario de la causa es prueba inequívoca de que Estados Unidos conocía perfectamente su catadura genocida:

“…Durante 30 años Bosch ha propugnado de manera resuelta y perseverante actos de violencia terrorista. Ha amenazado con llevar a cabo, y ha llevado a cabo, violentos actos de terrorismo contra numerosos objetivos, entre ellos naciones amigas de Estado Unidos y altos funcionarios de esas naciones. En repetidas oportunidades ha expresado y demostrado el deseo de causar lesiones y muertes sin discriminación alguna. Sus actos han sido los de un terrorista que no respeta la ley ni la decencia humanas, que amenaza con actos de violencia y que los realiza sin consideración alguna de la identidad de las víctimas…”.

“… La información que figura en los archivos señala de manera clara e inequívoca que Bosch, personalmente, ha promovido, alentado y organizado actos de violencia terrorista en este país y en varios otros, y ha participado en ellos (…) Por las razones expuestas, SE ORDENA, por el presente la no admisión de Orlando Bosch Ávila y su deportación de los Estados Unidos…”

No obstante ello, el 19 de julio de 1990 Bosch salió en libertad por orden del propio presidente de los Estados Unidos, en contra de las recomendaciones del FBI y la decisión del Fiscal General.

Con irónico cinismo Bosch había escrito desde prisión al jefe del Servicio de Inmigración y Naturalización: “El hecho de que inocentes hayan encontrado la muerte es estas acciones (…) obedece a las realidades y las leyes hipotéticas de la guerra…”

Sin pagar por uno sólo de sus crímenes, vivió apacible hasta los 84 años en su lujosa casa de Miami, donde falleció –tenido por fetiche entre los de su propia calaña asesina– el 27 de abril de 2011.

Sólo que halito de falso santo que hipócritamente alguna prensa de Florida quiso –y aun insiste– en pintar sobre su cabeza, irradia una aureola roja, en recordación permanente a la sangre de sus víctimas.

Tomado de Patria Nuestra

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