La huella hondureña del general Máximo Gómez (Primera parte)

Los lazos históricos que unen a Cuba y Honduras, datan del nacimiento mismo de esa nación centroamericana como estado independiente, cuando aún la mayor de las Antillas era el último baluarte de la corona de España en América.

El momento de mayor presencia cubana en Centroamérica fue el que transcurrió, de 1878 a 1895, entre ambas lides libertarias en la Isla. Se calcula que en ese período, al que José Martí denominó “tregua fecunda”, se encontraban dispersos por la región 18 generales del Ejército libertador.

A la vez que procuraban esforzadamente el sustento para sus familias, desde allí se mantenían geográficamente próximos a Cuba. Ello les facilitaría –llegado el momento– retornar en breve y culminar la obra inconclusa de la independencia patria.

Al decir del propio Martí; “…allá por 1878, el mundo se puso oscuro para mucho hombre valiente y mucho peleador salió a la mar sin más ropa que la que llevaba de limosna, ni más baúl que su amargura…”

Amistad y buen corazón

En el caso de Honduras resulta relevante el hecho de que, entre los patriotas que buscaron abrigo en esa nación, figuró el mayor general Máximo Gómez, uno de los más prestigiosos jefes de la epopeya independentista cubana.

Este insigne dominicano, protagonista de la primera “carga” al machete y de quién aprendieron el arte de la guerra irregular los más destacados jefes militares cubanos, se había trasladado a Jamaica en 1878 y allí permanecía dedicado a las labores agrícolas.

En diciembre de ese propio año recibe la visita del poeta y patriota bayamés, José Joaquín Palma, uno de los conjurados el 10 de octubre de 1868 cuando Carlos Manuel de Céspedes lanzó el grito de “Independencia o Muerte”, y por mediación de quién se alistó Gómez en el Ejército Libertador de Cuba.

Palma le propone marchar junto a él a la República de Honduras. Gómez acepta y luego de hacer escalas en  Nicaragua, Costa Rica y Panamá, ambos arriban al puerto hondureño de Amapala –abordo del vapor “Carolina del Sur”–, en la mañana del 5 de febrero de 1879.

Al decir de Gómez, allí fueron recibidos “con mucha cortesía y decencia” por el general Ruiz, Gobernador de esa plaza, y por una comisión enviada expresamente por el presidente de esa nación, Dr. Marco Aurelio Soto (1846-1908), para que los acompañara hasta la capital. 

Días más tarde, el 9 de febrero, era recibido en Tegucigalpa por el presidente Soto y por su ministro general, el doctor Ramón Rosa. Las impresiones sobre la entrevista quedan plasmadas por Máximo Gómez en su inseparable Diario de Campaña;

“…Me parecen hombres muy inteligentes y de buen corazón. A mi me han ofrecido su amistad y su protección”. Y concluye; “…¿Quién me hubiera profetizado a mí que (…) un hondureño sea, al fin, el que me tienda una mano amiga?…”

El prestigio ganado por el general Gómez en los campos de Cuba hizo que, de inmediato, se le  reconociera el grado de General de División del Ejército hondureño. Así lo hacía saber el diario oficial La Gaceta, de Tegucigalpa:

“…En consideración a los méritos que por su honradez, valor y lealtad ha contraído en su carrera militar el general Don Máximo Gómez; y atendiendo a las buenas disposiciones que lo animan en favor de la República; por tanto, el Presidente acuerda conferirle el grado de General de División del Ejército…”

Se le asigna un sueldo de 60 libras mensuales y la misión de organizar una fuerza militar permanente en Amapala, capital del departamento de Valle, en el Pacífico hondureño.

Además, se le encomendaba la construcción de un cuartel que le sirviera de sede, a la vez que facilidades financieras para fomentar alguna empresa privada que le permitiera el sustento de su familia, que había quedado en Jamaica.

La mano oculta de España.

Eran los años de la reforma liberal centroamericana. Durante el gobierno de Marco Aurelio Soto (1876-1883) Honduras vive uno de los periodos de mayor desarrollo político, económico e intelectual.

Era difícil, no obstante, que alguna nación latinoamericana desafiara las presiones de la antigua metrópoli –con todo el riesgo político y económico que ello significaba– y asumiera públicamente la responsabilidad de favorecer el proceso independentista cubano.

Documentos localizados entre 1977 y 1978, por el investigador e historiador cubano, Raúl Rodríguez La O en el Archivo Histórico Nacional de España, e inéditos hasta entonces, revelan que sucedió realmente, independientemente de la buena voluntad por parte de las autoridades hondureñas.

Hoy sabemos que, el hecho de que a los principales jefes militares cubanos se le abrieran las puertas de varias naciones centroamericanas, incluida Honduras, se debió a una detallada y costosa operación llevada a cabo por los servicios de inteligencia españoles.

Según Rodríguez La O, en la Sección de Gobierno del Fondo de Ultramar del citado archivo madrileño, en una carta enviada en agosto de 1884 al general español, Arsenio Martínez Campos –y remitida por este al capitán general de la Isla de Cuba, Ignacio M. del Castillo–, en queda constancia de:

“… cuanto fue necesario trabajar para conseguir que hombres como Máximo Gómez, Antonio Maceo, Flor Crombet, etc., se resolvieran a mudarse para Honduras y solo se consiguió con sacrificio de dinero (…) y luego halándolos con grados militares y mando…”

El objetivo de España era mantener distantes de la Isla a los más prestigiosos jefes militares cubanos y crearles las condiciones óptimas de vida y trabajo para ellos y sus familias, a fin de sustraerlos del ideal independentista que una vez los lanzó a los campos de Cuba.

No obstante, existen pruebas irrefutables de que fueron muchos los hijos de la tierra del general Francisco Morazán que fueron sincera y desinteresadamente solidarios con la causa de Cuba.

Incluso, y en honor a la más estricta verdad, la citada investigación no arrojó  evidencias de que el presidente Soto estuviera personalmente vinculado o, siquiera, al tanto de la conjura española.

De una u otra manera, el hecho cierto es que a principios de ese año 1879 el Congreso Nacional hondureño aprobó un fondo de 5 mil pesos para propiciar que se instalaran en territorio de ese país un grupo de los más importantes jefes cubanos.

(Continuará…)

Tomado de Patria Nuestra

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