Cuando La Habana se despidió de España

Corría el mes de diciembre de 1898. Luego de más de 30 años de bregar heroico y librar una guerra sin cuartel en la que asombró al mundo por su sacrificio y tenacidad, el pueblo de Cuba rompía las cadenas del yugo colonial español.

Por derecho propio se aprestaban los cubanos a formar una nación libre e independiente, a semejanza del resto de las repúblicas de América, sin conciencia plena en esos momentos del tutelado futuro que se le avecinaba, por obra y gracia del naciente imperio del norte.

A pesar de las desbordantes muestras de alegría que se producían por toda La Habana, no pasaba inadvertido al citadino “de a pié” el hecho de que las tropas norteamericanas relegaban a un segundo plano a nuestros mambises, verdaderos héroes de la épica contienda.

De acuerdo a lo pactado entre las autoridades españolas y norteamericanas para el cese de las hostilidades en la Isla, y en menosprecio absoluto de las tropas cubanas, a ninguna fuerza del Ejército Libertador le estaba permitido acceder “de manera organizada y formada” a la Ciudad de la Habana”.

En el caso de los combatientes que decidieran hacerlo, siempre “de manera aislada y sin composición de unidad”, se les alertaba que “debían abstenerse de portar sus armas”, independientemente de su jerarquía militar.

Como la humillante prohibición no se hacía extensiva a las poblaciones limítrofes de la capital, los ansiosos habaneros se trasladaron por centenares a Guanabacoa para contemplar allí, llenos de regocijo patrio, la merecida entrada victoriosa de las fuerzas cubanas.

La villa de Pepe Antonio se convirtió para los habaneros en la representación plena de “Cuba Libre”. Por doquier se escuchaban vivas a la patria, a la vez que una y otra vez el gigantesco coro entonaba las vibrantes notas del himno de Bayamo o los marciales acordes del himno Invasor.

Resultaba paradójico que estos “vientos de independencia” soplaran a los pies de la bandera roja y gualda de la metrópoli, que aún se mantenía izada en los edificios públicos, incluida la emblemática fortaleza del Morro, a la entrada de la bahía habanera.

A propósito de la bandera: lejos estaban los habaneros de imaginar que el espectáculo de la bandera sería aún más deprimente a partir del mediodía del ya próximo 1 de enero de 1899.

A tenor de lo pactado a espaldas de los cubanos en el ignominioso Tratado de París, la bandera de España sería definitivamente arriada y en su lugar se colocaría –por tres largos años más– la de las barras y las estrellas de la intrusa nación del norte.

Sin odio al español

Para mediados de diciembre, la evacuación española ya se había efectuado en todas las poblaciones de la Isla y las tropas norteamericanas asumían paulatinamente el control del país. En el caso de la Ciudad de la Habana este proceso se venía realizando más lentamente, barrio por barrio y calle por calle.

A medida que avanzaba la retirada de las tropas y las autoridades civiles españolas, los barrios cambiaban de aspecto y sus vecinos todos parecían atacados de locura: unos reían mientras otros lloraban de gozo, a la vez que cantaban y daban fuertes ¡vivas! a Cuba Libre.

La musa popular improvisó infinitos cantos, cuyas letras pintorescas enardecían a sus manifestantes, dándoles fuerzas para resistir día y noche una interminable rumba caminadora,a cuyo compás marchaban sin dejar de cantar.

Con tales desahogos líricos, la bulliciosa e interminable comparsa recorría las calles evacuadas, en donde las casas permanecían abiertas e iluminadas toda la noche, desde cuyos balcones y azoteas la gente agitaba enormes banderas y encendía luces de bengala.

Resultaba curioso cómo en la calzada de Galiano, por ejemplo, una acera era “cubana” y la otra se mantenía española. En la acera de “los pares” las casas estaban desde horas tempranas engalanadas con banderas cubanas y festones tricolores.

Ello creaba un curioso contraste con la acera de enfrente, la de “los nones”, sin adornos ni ostentaciones –sobria y severa– no por individual intransigencia ni rencor de los ciudadanos españoles, sino porque la indicación “oficial” de las autoridades españolas –aún al mando “formal” de la isla hasta el 31 de diciembre– era que los ciudadanos españoles no engalanaran sus casas.

No obstante los establecimientos comerciales, mayoritariamente en la acera de “los nones”, permanecieron abiertos. Sus dueños y dependientes, invariablemente españoles, contemplaban impasibles el regocijante espectáculo que ofrecían los cubanos, pero sin proferirles frases de insulto ni provocaciones.

Según narra la prensa habanera de la época, a pesar del resentimiento inevitablemente acumulado en tantos años de enfrentamiento, no se produjeron hechos violentos de venganza entre la población civil ni represalias por parte de los, hasta hace tan solo tres meses, impetuosos contendientes armados.

Se hacía valedera la prédica de José Martí, de que la guerra se hacía contra el sistema colonial que España representaba, pero no contra el pueblo español.

Incluso, en muchos cafés, cantinas y bodegas –cuyos dueños eran invariablemente peninsulares– se descorchaba champagne y corría la cerveza en señal de regocijo por el advenimiento de la ansiada paz.

Se cuenta que una de las bromas más comunes por aquellos días era que los transeúntes cubanos, al pasar de una acera a otra, se despedían de los amigos diciendo en tono de burla, que iban “a España” o “a Cuba”; según el lado de la calle que se encontrasen.

Quedó demostrado que el argumento de impedir venganzas o linchamientos, por el cual las autoridades militares norteamericanas no permitieron la entrada del Ejército Libertador a las ciudades, fue una falacia más, de las tantas con que el gobierno interventor gringo se presentó ante el pueblo de Cuba.

Ofrenda habanera ante el altar de la patria

Según narra el actor, escritor y periodista Gustavo Robreño Puente (1873-1957), en su novela histórica “La Acera del Louvre” (La Habana – 1925), la ciudad toda era un hervidero de júbilo patriótico”.

En medio de tanta celebración, los heroicos libertadores habaneros se vieron obligados a entrar en su ciudad por separado y sin sus bien ganados atributos militares en forma visible, desarmados u ocultando las armas entre la ropa puesta.

Uno de los puntos de reunión más concurrido y animado fue el conocido café “El Louvre”, en los bajos del Hotel Inglaterra y frente al Parque Central, donde aún se mantiene flamante y restaurado, como reliquia conmovedora de la historia habanera.

Es así que varios de los llamados “muchachos de la Acera” abandonaron temporalmente sus campamentos en los alrededores de la ciudad y se trasladaron, primero a sus casas para encontrarse con sus familiares, y luego a su antiguo “campo de operaciones juveniles”.

Con la algarabía de los años mozos y la esperanza –nunca cumplida– de que los “yanquis” les permitieran el goce pleno del triunfo, el fin de la guerra (1895-1898) los reunía nuevamente allí, luego de haber estado unos en la emigración y otros –la mayor parte de ellos– en la manigua redentora, engrosando las filas del Ejército Libertador.

A pesar del regocijo, referencia solemne y constante eran los camaradas de antaño –40 en total– que no estaban, más allá, del recuerdo y la memoria de sus compañeros. Sus cuerpos quedaron dispersos en los campos de batalla, como ofrenda por la independencia, que la juventud habanera depositó ante el altar supremo de la patria.

Tomado de Patria Nuestra

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