Las opiniones dominantes

Venimos al mundo en medio de opiniones dominantes empeñadas en hacernos creer qué es bueno y qué es malo, qué está hecho para nosotros y qué es absolutamente inalcanzable.

Desde los albores de la civilización, esas opiniones fueron elaboradas por un poder resuelto a mantener su hegemonía y domesticar nuestras reacciones y puntos de vista, como la mejor forma de evitar rebeldías contra el modelo de injusticia social largamente imperante.

Las tergiversaciones, las mentiras, la ignorancia del otro, la propaganda burda, o hábilmente urdida, son sus principales armas, emplazadas en los últimos tiempos en plataformas millonarias aupadas por el desarrollo de las tecnologías y el control global de los contenidos de la información.

Antes y ahora, el objetivo de esa clase dominante ha sido uno; controlar nuestras ideas y manipularlas al precio que sea.

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En la década de los 50 del pasado siglo me hicieron creer (incluso algunos miembros de la familia con mayores posibilidades económicas) que yo no podía estudiar porque era pobre, y que al dueño de la residencia donde trabajaba mi madre como doméstica, el niño también tendría que llamarlo «caballero», solo por poseer el hombre una casa de verdad y, además, dinero, y que los «americanos», ellos solitos (¡qué rusos ni qué rusos!), habían ganado la Segunda Guerra Mundial, con héroes muy parecidos  al John Wayne aplaudido por mí en cada uno de sus uniformes de la u.s. Army.

Interminable sería la lista de aquellas opiniones dominantes que, llevadas al campo de la política y la economía, obligaban –por dependientes– a mantener un oído atento a los tonos enfáticos provenientes del Norte (como se le solía decir entonces a todo lo que viniera de allá).

Se recordará cuál era la frase cliché, aunque de absoluta creencia, repetida por aquellos que empezaron a oponerse a las primeras leyes revolucionarias, en buena medida porque les perjudicaba: «¡los americanos no van a permitir esto!».

Y aunque el apoyo popular al proceso revolucionario era socialmente desbordante, no faltaron casos de contaminados por la anterior propaganda oficial, todavía en aleteos, o víctimas de una demoledora ignorancia que, como se sabe, es pasto ideal para sembrar naufragios. Y aquí me detengo para recordar a un viejo amigo, mi carnal Paquito (tan humilde y arañador de pesetas como yo en aquel 1959), quien un día, al término de un juego de pelota, caminando hacia la casa, me dijo en medio de una conversación sobre los cambios que estaban teniendo lugar en el país: «compadre, el problema es que se le está echando mucho al capital».

–¿Qué capital, Paquito?

–El capital –me respondió alzando los brazos como si fuera un experto en la materia.

En verdad ni él ni yo, a la poca altura de nuestros años, sabíamos de qué estábamos hablando. Pero no demoré en conocer de dónde el carnal había atrapado el «concepto» hecho suyo. Ambos vivíamos en una hilera de casitas cuyo propietario venía todos los meses a cobrarnos el alquiler. Extendía un recibo muy bonito y recibía sus 30 pesos, reducidos a 15, luego de decretarse, hacía muy poco, aquella Ley de la Reforma Urbana que rebajó los alquileres a la mitad y que ocasionó el jolgorio de mi madre y de muchas familias más.

Ya en esos días, mi hermano tenía un mejor trabajo y no teníamos que estarnos mudando cada tres o cuatro meses. Y ¡maravilla!, mi madre podía pagar puntualmente al arrendatario mirándolo a los ojos. Él era un hombre correcto, que solía quedarse conversando un rato con los que pagaban en el plazo establecido, pero lejos estaba de comprender las transformaciones sociales que estaban teniendo lugar, aunque la ley lo indemnizara.

De ahí que, después de cobrar sus 15 pesos, y de hablar del calor que estaba haciendo y de otras cosas más que no recuerdo, le oyera decirle a mi madre las mismas palabras que mi amigo Paquito (tan arañador de pesetas como yo) me repitiera poco antes con la convicción de un papagayo: «el problema es que se le está echando mucho al capital».

Tomado de Granma

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