Cuba: primera guerra imperialista (I parte)

Por Gustavo Robreño Díaz

El 12 de agosto se cumplen 122 años de que, con la firma de un cese de hostilidades entre España y Estados Unidos, se puso fin a la guerra hispano-cubano-norteamericana. La realidad era que ya para comienzos de ese año 1898, como resultado de la resistencia heroica del pueblo cubano y su Ejército Libertador, España estaba derrotada política, económica y militarmente en la mayor de las Antillas.

Estados Unidos, por su parte, desde el inicio mismo de las gestas independentistas en la Isla –1868- se había negado una y otra vez a reconocer al gobierno de la República en armas y con ello el derecho de beligerancia del pueblo cubano.

Esperando el momento oportuno para caer sobre la “fruta madura”, Estados Unidos prefería una Cuba “española”, que independiente. En octubre de 1871, por ejemplo, el presidente Ulises Grant hizo circular una proclama en que se calificaba a las personas que trabajaban en pro de la independencia de Cuba como “delincuentes”.

La “Guerra necesaria”, que organizada por José Martí -desde los propios Estados Unidos- había estallado en Cuba en febrero de 1895, recibió nuevamente como respuesta el silencio y la indiferencia de las autoridades norteamericanas.

Sin embargo, desde la llegada a la Casa Blanca del presidente Mc Kinley, en 1894, Estados Unidos considera que ha llegado el momento e inicia una política más activa y agresiva con relación a Cuba, definiendo sus verdaderas pretensiones hegemónicas sobre la Isla.

Cuando para finales de 1997, el desenlace de la contienda se vislumbraba inevitablemente a favor de las armas cubanas, Washington presiona al gobierno de Madrid y lo pone ante la disyuntiva de vender la Isla por 300 millones de dólares o atenerse a la posibilidad de una guerra. España no acepta aquel trato con visos de amenaza y alega estar dispuesta a arriesgar en Cuba “hasta la última peseta”.

En medio de tales artificios políticos y teniendo como telón de fondo una furibunda campaña de prensa antiespañola en Estados Unidos, el 15 de febrero de 1898 estalla misteriosamente en la rada habanera el acorazado norteamericano “Maine”. Aunque las causas de la explosión no fueron debidamente esclarecidas, el acontecimiento fue utilizado como motivo para que el Congreso norteamericano aprobara la denominada “Resolución Conjunta” en la admitía por primera vez que “el pueblo de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”.

Además de instar a Madrid para que renunciara a su soberanía sobre Cuba, se le otorgaban al poder ejecutivo norteamericano facultades extraordinarias para hacer cumplir esa exigencia, incluyendo el empleo de las Fuerzas Armadas. El 21 de abril Estados Unidos declara la guerra a España.

Se prepara la campaña

El Plan diseñado por el mando militar norteamericano incluía como primer punto el establecimiento de un bloqueo naval a la Isla para evitar que las tropas españolas pudieran recibir refuerzos y apoyo logístico desde el exterior.Una vez establecido el cerco naval, se efectuarían desembarcos de tropas a fin de tomar Santiago de Cuba. Caso de presentarse la escuadra española –lo cual siempre dio por probable el mando norteamericano- se le obligaría por la fuerza a retirarse o se le hundiría, si presentaba combate.

Tomada Santiago de Cuba y eliminada la escuadra española, se realizarían nuevos desembarcos cerca de La Habana y se avanzaría sobre la capital de la Isla.

Con su acostumbrada arrogancia y prepotencia, a la hora de trazar su plan de campaña, los norteamericanos no valoraron en su verdadera dimensión que les sería imprescindible el apoyo del Ejército Libertador. No tomaron en cuenta que las fuerzas revolucionarias cubanas ejercían el control casi absoluto del territorio oriental, quedando limitado el dominio español a los puertos de Santiago de Cuba, Baracoa, Manzanillo y Gibara, y a las ciudades de Holguín, Guantánamo y Palma Soriano.

El mando norteamericano acertó en su apreciación sobre la presencia de la escuadra española, que el 13 de marzo recibió órdenes de partir de Cádiz a Cabo Verde –donde se completó con otras buques– y el 20 de abril se le indicó a su jefe, almirante Pascual Cervera, fijar rumbo a Cuba.

En una rápida maniobra que no fue detectada por el patrullaje de la Armada yanqui, que ya se apostaba en los accesos marítimos a la Isla, Cervera entra con su escuadra el 19 de mayo a Santiago de Cuba. Sin embargo, el establecimiento del bloqueo naval norteamericano -una semana después- la dejó allí inmovilizada.

De acuerdo con el investigador cubano Reinaldo Gómez Cuevas, para la defensa de Santiago de Cuba el ejército español contaba con 71 piezas de artillería, pero de una gran diversidad de sistemas y calibres, que dificultaron luego su empleo y aseguramiento efectivo durante las acciones combativas.

Según el referido autor, en su libro “La artillería en Cuba Su origen y desarrollo en el siglo XIX”, al igual que en la defensa de la Habana del ataque inglés en 1762, los jefes españoles cometieron en Santiago de Cuba el error de destinar el grueso de su artillería para repeler un ataque por mar y descuidaron la defensa terrestre. 

Por su parte, para el desembarco y captura de Santiago de Cuba el mando militar norteamericano conformó el 5to Cuerpo Expedicionario, al mando del general Willian R. Shafter, estructurado en dos Divisiones de Infantería, una Brigada de Infantería Independiente, siete Regimientos de Caballería y dos Batallones de Artillería. Además, como aseguramientos combativos, un Batallón Ingeniero, un Destacamento de Señales, un Destacamento de Aeróstatos, dos Compañías Hospitalarias y dos Compañías de Zapadores.  

Luego, ante el elevado número de bajas que le causó la defensa española, la agrupación fue reforzada con otros seis Regimientos de Infantería y seis baterías de Artillería Ligera. En total, la fuerza ocupante agrupó a unos 18 mil efectivos y 164 piezas de Artillería.

Se inician las hostilidades

El bloqueo naval fue combinado con operaciones de exploración y hostigamiento de las fuerzas españolas de defensa costera, sobre todo en el litoral norte de la región occidental, siendo particularmente intensos en los accesos a las bahías de Matanzas y Cárdenas.

Paralelamente, el almirante William T. Sampson –jefe de la agrupación naval- ordenó localizar y cortar los cables submarinos de comunicaciones que enlazaban La Habana con Key West; Cienfuegos con Batabanó y Santiago de Cuba; así como Santiago de Cuba con Haití y Jamaica.

Para luego avanzar sobre Santiago de Cuba, el 10 de junio se efectuó el desembarco de 600 infantes de marina norteamericanos en los accesos de la bahía de Guantánamo, que si no concluyó en un desastre para los atacantes fue gracias a la oportuna intervención de las fuerzas cubanas al mando del coronel Enrique Thomas.

El 20 de junio fondea el contingente expedicionario frente a las costas de Santiago de Cuba. Ese propio día se efectuó en el poblado de Aserradero una conferencia entre el general Shafter y el almirante Sampson para discutir el plan de campaña. La información que poseían ambos sobre las fuerzas españolas era escasa y el teatro de operaciones militares les era totalmente desconocido. De inmediato surgieron divergencias y se requirió la presencia del mayor general del Ejército Libertador, Calixto García, jefe del Departamento Oriental.

Escuchados los criterios discordantes de ambos militares yanquis, pasó a exponer su plan el jefe cubano. La idea del Lugarteniente general del Ejército Libertador era desembarcar las fuerzas norteamericanas en playa Daiquiri y que atacaran Santiago de Cuba por el este, mientras las fuerzas cubanas lo hacían por el oeste.

En la opinión de Calixto García, avalada por innumerables lauros en tres guerras contra España, ello garantizaba el cerco de la Ciudad e impediría la llegada de refuerzos a las tropas coloniales. A la Escuadra española quedaban dos opciones: o desmontaba sus cañones y los marinos combatían como infantería o cometía el “suicidio” de tratar de forzar el cerco naval norteamericano.

Ante la elocuencia de sus argumentos, los norteamericanos no tuvieron otra opción que aceptar en todos sus puntos el plan de operaciones propuesto por el ilustre Mambí. De tal modo que, aunque publicaciones militares estadounidenses –e incluso textos de historia en ese país– lo propalen como propio, el plan para el sitio y captura de Santiago de Cuba, que puso fin al dominio colonial español en América, fue obra del talento y el genio militar de un general cubano.

(Continuará)…

Tomado de: Patria Nuestra

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