Centroamérica: la diplomacia de la guerra.

Por. Gustavo Robreño Díaz

Los militares han sido protagonistas por excelencia de la historia centroamericana. Es así que desde mucho antes de su conformación como naciones independientes, las armas han sido los árbitros de las tensiones sociales en el istmo centroamericano.

 El lenguaje del sable y la pólvora fue el utilizado a partir de 1523 por el conquistador español, Pedro de Alvarado, para someter a los naturales de esas tierras y establecer la Capitanía General de Guatemala.

Desde entonces, la potestad de portar y emplear armas fue sinónimo de poder. En un inicio, ello fue monopolio de los españoles. A los indígenas les estaba prohibido portar armas de ninguna clase.

De ahí que las misiones asignadas por los españoles a los primeros indígenas que atrajeron a sus ejércitos fueron de carácter logístico, fundamentalmente como exploradores, cargadores, correos y sirvientes.

La Capitanía General de Guatemala obtuvo su independencia en 1821. Ello fue consecuencia directa del derrumbe del poderío colonial español y no fruto del enfrentamiento de ejércitos beligerantes, como ocurrió en  Sudamérica.

De ahí que los dirigentes de los respectivos procesos nacionalistas fueran mayoritariamente líderes civiles y religiosos, provenientes de los sectores oligárquicos.

La excepción fue la del general hondureño, Francisco Morazán, quien logró materializar su esfuerzo unitario y fundar en 1823 la Federación de Provincias Unidas de Centroamérica, que hasta 1940 confederó a Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.

La ausencia de un centro de poder definido y las presiones de los intereses locales, frustraron los ideales de unidad del prócer hondureño, que luego de dos años de exilio trató de restablecer la Confederación, en 1842, pero fue traicionado y fusilado.

Los primeros ejércitos.

Los pequeños grupos armados, al servicio de uno u otro contendiente político, conspiraron contra la formación de verdaderos ejércitos nacionales, predominando la adhesión política a la identidad nacional.

Tal estado de cosas hizo ignorar las fronteras y considerar legítima la intervención en el país vecino, lo que convirtió a Centroamérica en un gigantesco campo de batalla.

No es hasta 1871, con el   triunfo en Guatemala de la revolución liberal, que se crean las primeras escuelas militares y se echaron las bases para el establecimiento de ejércitos regulares en la región.

Impulsada desde Guatemala por el general Justo Rufino Barrios, a la sazón presidente del país, se inicia en 1885 una nueva cruzada reunificadora que pretendió imponerse por la fuerza de las armas, pero que fue efímera, al morir su promotor en el primer encuentro armado.

Posteriormente, en 1901, el presidente de Nicaragua, general José Santos Zelaya, pretendió retomar la bandera de la unidad centroamericana. Sin embargo, sus pretensiones terminaron en un enfrentamiento armado con Honduras, Guatemala y El Salvador, en 1906.

Estados Unidos; el nuevo imperio.

La llegada del siglo XX incorporó un nuevo actor a esta compleja realidad, que ha condicionado hasta hoy el destino de Centroamérica: los Estados Unidos de América.

Desde entonces, Washington ha hecho valer en Centroamérica la máxima de que “los países más próximos a sus fronteras están más propensos a recibir su influencia”.     

Uno de las primeras medidas que tomó Estados Unidos fue desplazar paulatinamente a las misiones militares europeas que, hasta ese momento, asesoraban a los nacientes ejércitos centroamericanos, fundamentalmente, españoles, alemanes y franceses.

Las readecuaciones comenzaron por Panamá, donde la Policía Nacional fue transformada en Guardia Nacional, modelo que posteriormente Estados Unidos consideró idóneo para Centroamérica, y que concentraba en una sola fuerza funciones policiales y de protección de fronteras.

La intervención militar en Nicaragua, para sofocar el levantamiento guerrillero liderado por Augusto Cesar Sandino, en 1926, sentó las bases de una continuada política injerencista, que en 1932 dio al traste con la sublevación popular capitaneada por Farabundo Martí en El Salvador.

Los gobernantes centroamericanos de mediados de la década del 30 se identificaron espontáneamente con la ideología fascista, que tomaba fuerza en Europa.

El autoritarismo populista de Hitler, Mussolini y Franco deslumbró a Tiburcio Carias, en Honduras; Anastacio Somoza, en Nicaragua; Maximiliano Hernández, en El Salvador; León Cortés, en Costa Rica y Arnulfo Arias, en Panamá.

Sin embargo, como prueba inequívoca del control que ejercía Estados Unidos en los gobiernos del área, posterior al ataque japonés a Pearl Harbour, en diciembre de 1941, todos abjuraron de sus simpatías y declararon al unísono la guerra al eje fascista.

Una vez concluida la conflagración mundial, de la cual salió fortalecido Estados Unidos como potencia hegemónica mundial, la “recompensa” por el apoyo centroamericano se tradujo en el incremento de la ayuda militar.

En un pretendido esfuerzo por fortalecer la seguridad colectiva y coordinar operaciones entre los ejércitos de la región, a instancias de Washington, se crea en 1962 el Consejo de Defensa Centroamericano (CONDECA).

Posteriormente, la victoria sandinista de julio de 1979 alteró la correlación de fuerzas a nivel regional y obligó a Estados Unidos a readecuar su política hacia Centroamérica

En el año 1984, la ayuda norteamericana a Centroamérica rebasó los 500 millones de dólares, más de 200 vinculados a la esfera militar, sin incluir los gastos en maniobras conjuntas.

Si en 1980 los ejércitos del área, en su conjunto, sumaban 67 mil efectivos; para 1987 esa cifra llegó a ser de 188 mil hombres.

Nueva estrategia para viejas intenciones.

Forma parte del nuevo proyecto norteamericano de dominación, convertir los ejércitos del área en una suerte de Guardias Nacionales o Policías Militares.

A tenor de esta política, dejaría de ser prioridad para las instituciones armadas centroamericanas la defensa de la soberanía nacional, y pasaría a ser la razón de su existencia el combate al terrorismo y el narcotráfico.

Sin embargo, el actual despliegue militar norteamericano a nivel mundial está estrechamente vinculado con la ubicación geográfica de recursos energéticos claves, tales como el petróleo y el agua.

Ello justifica la necesidad de mantener fuerzas avanzadas, capaces de prevenir o intervenir directamente en conflictos sociales, que pudieran obstaculizar su explotación y suministro a Estados Unidos.

Tomado de: Patria Nuestra

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