Joseph Nye, el jazz y la Guerra Fría Cultural

“La guerra es la continuación de la política por otros medios”, es el más conocido ideolograma del teórico militar prusiano Carl von Clausewitz. De aquel, se ha derivado este otro, que explica mucho mejor de lo que habitualmente se piensa la Guerra Fría y su final: “la diplomacia es la continuación de la guerra por otros medios”. Por otros medios, entre los que el Departamento de Estado y la CIA incluyeron los culturales, la literatura, la pintura, el cine  y la música-. Precedentes de las guerras culturales de hoy  , por la conquista de  los cuerpos y las mentes.

La Guerra Fría fue definida como una “batalla por las mentes humanas”. Los gobiernos de Truman y Eisenhower fueron los grandes formuladores de la política de contención cultural, en el intento por proyectar una imagen positiva de los EEUU.; durante sus administraciones se creó el aparato institucional que ejecutaría los programas para promocionar sus valores, instituciones y estilo de democracia. Fue un esfuerzo conjunto, deliberado y consciente, por fortalecer la hegemonía cultural del Imperio y debilitar la influencia ideo-política de la Izquierda y el Socialismo realmente existente.

Se probó de todo, con el respaldo de su intelectualidad orgánica. Entre las operatorias ejecutadas se destaca, por sus protagonistas y su ingenieril diseño, el US Jazz Ambassadors Program. Una “diplomacia” ejecutada por los Embajadores del Jazz, desarrollada entre 1956 y 1978, aunque con más auge entre 1954 y 1968. Fueron los años que “representan un arco crítico en la rivalidad cultural de las superpotencias”, según la estudiosa Lisa Davenport,  y el periodo de mayor acogida internacional del jazz. A  partir  de  los  años  70s, el  rock fue el “Caballo de Troya”, como ya nos referimos en otro texto. La CIA– al decir de Michael P. Rogin “cumplía las funciones que luego desempeñaría la National Endomnets of Art” (NEA). El objetivo era presentar al jazz como la cara amable de la cultura norteamericana y sinónimo de libertad.

El Jazz Ambassadors ha sido reconocido como un ejemplo paradigmático de la “diplomacia cultural”, concepto subsidiario de la “teoría del realismo progresivo”, de Joseph Nye. Para el teórico del soft power, “la promoción de la democracia es mejor conseguida mediante la atracción que mediante la coerción, y requiere tiempo y paciencia.” En su obra “Bound to lead, thechangingnature of American power”, de 1990, hace referencia a “la habilidad que tiene un país de obtener lo que quiere mediante atracción, en vez de coerción (garrote) o incentivos (zanahorias).  Surge del atractivo de su cultura, sus ideales políticos y sus políticas”. Plantea allí que mediante esta dimensión del poder, un Estado puede alcanzar los logros que desea conseguir en la política mundial en tanto otros admiran sus ideales y quieren lo que él quiere; de esta forma no tiene que  desgastarse  en  dar  incentivos  o emprender amenazas para que los otros se muevan en su misma dirección. Para Nye, se hace más fácil dominar a otros si estos lo emulan y “quieren seguirlo y han aceptado un sistema queproduce los mismo efectos”.

Desde 1956, el Departamento de Estado -y la CIA tras bambalinas- enviaron al extranjero a los mejores músicos de jazz del país, Dizzy Gillespie, Louis Armstrong, Dave Brubeck, Benny Goodman, Duke Ellington, Thelonius Monk, Miles Davis, y otros grandes, como diplomáticos culturales con fines políticos. El primer embajador del jazz fue el trompetista Dizzy Gillespie, pero en su tour incluyó a Yugoslavia y otros países “calientes” del Tercer Mundo que, en opinión de los estadounidenses, estaban explorando el comunismo como una posible identidad política.

URSS, 1962. Khrushchev asiste a la Embajada de EE.UU. para dar la bienvenida al gran Benny Goodman, a pesar de ser un acérrimo crítico de la música estadounidense, en especial del jazz y el rock (Foto tomada de Nueva Tribuna)

Fotografías de aquellas giras se exhibieron en la exposición titulada “Jam Session: America’s Jazz Ambassadors Embrace the World “, en el Meridian International Center. Pudo verse al trompetista Dizzy Gillespie en una motocicleta rodeado de transeúntes en Yugoslavia de Tito; al también trompetista Louis Amstrong jugando al futbolín con Kwame Nkrumah, -padre de la independencia de Ghana; al clarinetista Benny Goodman frente a un grupo de jóvenes en la Plaza Roja de Moscú, y al pianista Dave Brubeck, ofreciendo un concierto en una gélida Varsovia. Otras muestras similares se han exhibido en varias ciudades del mundo, entre ellas Tel Aviv.

Dave Brubeck fue un caso emblemático de esta “guerra por otros medios”. Su cuarteto escenificó, en 1958, una gira de varios meses que incluyó a Polonia y a la URSS. Contó el popular jazzista que aprovechó su estancia en Polonia para visitar la casa de Chopin, allí vio la estatua que los nazis casi habían roto. Esa misma noche en el tren hacia el último concierto en Polonia, compuso en su cabeza una canción dedicada a Chopin y al pueblo polaco. La tituló “Dziekuje“, que significa “gracias” en polaco. La influencia en realidad fue mutua. 

Según el estudioso Stephen A. Crist, la gira de Brubeck en los 50 fue  compleja e involucró varias agendas superpuestas, de innumerables acciones individuales y declaraciones heterogéneas de burócratas y hombres de negocios, además de los músicos. Criterio similar al del historiador Penny Von Eschen, en su libro Satchmo Blows Up the World: Jazz Ambassadors Play the Cold War, quien describe una “fascinante interacción entre los esfuerzos del Departamento de Estado y las agendas progresistas de los propios artistas”.

Treinta años después, cuando la Guerra Fría estaba menguando, Dave Brubeck  actuó en Moscú, en la cena de estado recíproca, durante la cuarta reunión cumbre entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov. No faltó, por supuesto, su famoso tema “Take Five”; el sencillo de jazz más vendido de todos los tiempos y empleado como cortina musical de varios programas de televisión a lo largo de los años. Pertenece al álbum “Time Out”, de 1959, y fue la única pieza no escrita por Brubeck, sino por su saxofonista, Paul Desmond, el último en integrarse al cuarteto.

En opinión de Crist, la secuencia de eventos previos a esta ocasión, incluida la tan esperada gira del Cuarteto por la Unión Soviética durante el año anterior, revela que Brubeck no solo fue un músico talentoso, sino también un empresario astuto. El panorama cultural y político había cambiado sobre manera en esas 3 décadas.

El pianista y compositor californiano, reconoció en entrevista concedida a Dana Gioia, quien entonces dirigía la NEA.: “Nos enviaron a donde iba a haber problemas. Fuimos por primera vez a Polonia en 1958 y dimos 12 conciertos allí. En ese momento lo llamarías `detrás del Telón de Acero´”. “El Departamento de Estado no quería que volviéramos a casa. Querían que nos quedáramos fuera. Cancelaron nuestros conciertos aquí en casa. Dulles escribía a las universidades y decía que íbamos a extendernos en esta gira, que estábamos haciendo un buen trabajo”- contó a Gioia.  Su esposa escribió una canción para que Louis Armstrong que decía algo como: “El Departamento de Estado ha descubierto el jazz/ Llega a la gente como nunca antes. / Cuando nuestros vecinos nos llamaron alimañas, / Enviamos a Woody Herman. / Eso es lo que llaman intercambio cultural.

Es válido afirmar que el Imperio instrumentalizó a los Embajadores del Jazz. En el libro de Frances Stonor Saunders The Cultural Cold War. The CIA and the World of Arts and Letters (1999) se enumeran entre las diversas intervenciones de la CIA durante la Guerra Fría, el financiamiento y patrocinio de congresos fastuosos para que los intelectuales “izquierdistas” y anticomunistas pudiesen discutir (y comer y beber) en libertad, exposiciones de arte contemporáneo y extensas giras de grupos de jazz.  Como destaca la autora, un elemento fundamental dentro de este programa consistía en hacer creer que no existía esa mano cultural de la CIA y, como dijera uno de los estrategas de la Guerra Fría, “que parezca que no hay labor de propaganda alguna”.

La autora demuestra que, si bien la CIA y sus fundaciones amigas decían dar ayuda sin condiciones, “se esperaba que los individuos y las instituciones subvencionadas por la CIA actuaran como parte… de una guerra de propaganda”. Una propaganda doblemente efectiva porque creaba la ilusión de que “el sujeto se mueve en la dirección que uno desea por razones que cree son suyas”. Se confirma que no hay mejor “colaboración” que la realizada por quien cree estar trabajando para sí mismo y en realidad forma parte de un aparato que, de una u otra manera, lo induce o dicta lo que tiene que pensar, hacer y decir.

En 1962, Benny Goodman fue llamado a representar a los EE. UU. en   la Unión Soviética; el mismísimo presidente Kennedy se reunió con él. La gira era como un símbolo de distensión, tras la crisis de Berlín en 1961 (la ordenanza del dirigente germano-oriental, Walter Ulbricht, de construir el muro de Berlín) y la Crisis de Octubre, en 1962. El “Rey del Swing” protagonizó un periplo por 6 ciudades soviéticas, durante 5 semanas, incluidas Moscú y Leningrado.  Su primera presentación tuvo lugar en la capital, frente a la dirigencia soviética encabezada por Khrushchev. Su música era conocida por las transmisiones radiales de la emisora radial Voice of America, otro de los frentes de esta guerra cultural.

El primer nombre sugerido para esta gira había sido el músico negro Louis Armstrong, pero el servicio exterior soviético se  rehusó  a  aceptarlo,  pues  lo  interpretaron  como  un gesto hipócrita, dada las manifestaciones de discriminación racial  y de falta de derechos de los afrodescendientes, al interior del Imperio. A contrapelo, la Agencia de Información Exterior de los EE.UU. (AIEU) postuló a la orquesta de Goodman, con algunos músicos de piel negra y que tocaba el estilo swing, con un aire similar al de las orquestas rusas.

El jazz había sido escogido, fundamentalmente, “por la preeminencia en el de músicos negros, para contrarrestar para contrarrestar la imagen racista que tenían en el exterior de los norteamericanos. De ahí la insistencia y los “pagos generosos” del Departamento de Estado a los jazzistas negros. Y claro que sonaron notas discordantes en esta esquizofrénica session. El embajador Dizzy Gillespie se negó a participar en un briefing del Departamento de Estado en el que se abordarían los detalles de su gira. “No me disculparé con las políticas racistas de este país, ya he tenido 300 años de briefings”-arguyó.  Cuando en 1954 se negociaban los detalles para el viaje de Dave Brubeck a Europa, el Departamento de Estado promocionó a su cuarteto como un conjunto de jazz totalmente blanco. Cuando los funcionarios del gobierno se enteraron en el último momento de que eran más bien “mestizos” no quedaron muy contentos y temieron que el pianista renunciara al encargo. ¿Cómo se podría promover la imagen de una América tolerante en el extranjero cuando el país todavía practicaba la segregación de Jim Crow?

Curtis Sandberg, el curador de la referida muestra en el Meridian International Center le confesó al periodista Fred Kaplan que durante los tres años que llevó preparar la exposición, su personal con frecuencia miraba las fotos y decía: “¿Por qué no estamos haciendo algo como esto ahora?”. Lo siguen haciendo les respondería yo, con otros géneros y financiados por otros emporios, entre ellos los tres grandes (Universal, Warner y Sony).  Después del 17D, las “obama´s girlsinvadieron La Habana.

Tomado de: Cubahora

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