Revictimizada mil veces

Autor: Javier Gómez Sánchez

La mediatización del feminicidio en las redes sociales se ha convertido en uno de los recursos más explotados por la maquinaria de medios digitales financiados por Estados Unidos para la guerra comunicacional dirigida hacia la sociedad cubana.

Ha sido notable en los últimos meses el aumento en la producción de historias contadas a los lectores mediante el storytelling, un recurso que no expone la ocurrencia de un suceso a través de la información, sino del uso de la narración emotiva.

Más refinado y sutil que la crónica roja, el storytelling nos describe igualmente los detalles del arma homicida, el lugar donde el victimario dejó el cadáver de su víctima, pone voz a los testimonios de los familiares, se recrea en las intimidades de la relación entre el hombre y la mujer. Lo hace de una manera que no es menos morbosa, sino simplemente más sofisticada en su búsqueda de provocar reacciones.

Para este objetivo se articulan varios medios digitales: unos abiertamente reconocibles como parte de la contrarrevolución y otros que cuentan con acreditación como medios de prensa extranjera, junto a los que reciben financiamiento bajo el camuflaje de «medios y periodismo independiente».

Mientras un grupo de páginas de elaboración simple reproducen los impactos en las redes con la combinación de las palabras Cuba, violencia de género, feminicidio, feminismo, silencio, asesinato, crimen, en los que a veces llegan a incluir una foto de la víctima en vida o ya como cadáver, otras publicaciones posicionan contenidos más elaborados buscando la participación de figuras académicas.

Esa estrategia se pretende presentar, siendo aceptada así por una parte de sus receptores, envuelta en el interés por «visibilizar» estas problemáticas, en contraste con una necesidad sin dudas insatisfecha –en cantidad y profundidad– desde nuestros medios de comunicación.

Pero mediatizar es precisamente todo lo contrario a visibilizar. La mediatización –y más la que se realiza con objetivos políticos–, impide el análisis, ignora las estadísticas, afianza la superficialidad y anula el trabajo de los verdaderos especialistas. Sustituye estos por la emotividad que es útil a sus propósitos, convirtiendo al público receptor no en un objeto de cultura e información, sino en blanco de propaganda.

Se apela al recuento de los casos que en Cuba han llegado a circular en las redes sociales, cuando esa exposición no constituye una estadística. Elaboran y promocionan listados de estos, tratándolos como indicadores sociales, cuando en realidad se trata de historias. Reales y dolorosas, indudablemente evitables y necesitadas de mayor actuación institucional sin lugar a dudas, pero cuya exposición mediática mal intencionada, en vez de dar una idea de la realidad propia de Cuba en relación con sí misma, su región geográfica y el resto del mundo, produce una enajenación emotiva que empuja a todo lo contrario. La mediatización no es estadística, ni tampoco es información.

Según los datos aportados en 2016 por las instituciones cubanas al Observatorio de Igualdad de Género de la Cepal, una cifra que sin dudas requiere ser actualizada aun cuando la realidad de la sociedad cubana no haya cambiado mucho en el tiempo transcurrido, en Cuba durante ese año se produjeron 47 homicidios de mujeres que clasificaban como feminicidios, según la definición adoptada por la onu, que considera feminicidio el asesinato por el hecho de ser mujer, lo que implica que mayormente sea cometido por sus parejas masculinas como parte de un abuso continuado.

A partir de las ideas planteadas por la escritora estadounidense Diana Russell en los años 70, quien habló de femicidio, referido al asesinato de una mujer por motivos de odio, desprecio, placer o sentido de propiedad por parte de un hombre, la antropóloga mexicana Marcela Lagarde, introduce en la década de los 90 el término feminicidio, más amplio, que contempla la ocurrencia de un hecho evitable propiciado por condiciones de ausencia o insuficiencia de la actuación del Estado. Aunque esta visión definitoria no es aún tenida en cuenta en la

mayoría de las compilaciones de cifras en el mundo.

En 2019, como parte del Informe Nacional para la Implementación de la Agenda 2030 para el Desarrollo, presentado ante la onu, se hizo pública que la tasa anual de feminicidios en Cuba –cantidad ocurrida por cada 100 000 mujeres–, es de 0,99.

Se pudiera hacer una comparación con la tasa de países de América Latina, donde según los datos recopilados por la Cepal, ocho países superan, y otros cinco duplican o más, la tasa de Cuba. Pero para exponer el daño de la mediatización se puede complacer a los que insisten absurdamente en que un archipiélago pobre y subdesarrollado debe compararse con países del Primer Mundo.

No es sencillo, pues los parámetros de cálculo no son los mismos que los utilizados por el organismo latinoamericano. En Estados Unidos y Canadá existe una mayor preocupación interna por la abismal diferencia entre el volumen de feminicidios en las mujeres blancas y negras en ee. uu., y en las mujeres indígenas en Canadá, que por un índice general para la comparación con el resto del mundo. Según la Unión Europea, más de diez de sus países no contabilizaban los feminicidios o poseen datos que la organización no considera con valor comparativo ni siquiera dentro del propio bloque europeo. Entre los países sin datos se cita a Bélgica, Dinamarca, Polonia, Bulgaria e Irlanda. Por otro lado, Holanda, Austria y Grecia ofrecen datos considerados incompletos.

A pesar de que las cifras varían según la fuente y el criterio de clasificación, en Alemania se habla de 122 mujeres asesinadas en 2018 como parte de la violencia doméstica. En Francia en ese mismo año 112, mientras que en 2019 fueron 137. En Italia la cifra fue de 115 en 2018 y 94 en 2019. En Reino Unido, organizaciones citan la cifra de 146 mujeres.

Eso significa que, incluso, si la maquinaria mediática anticubana llegara a tener conocimiento de todos los casos de feminicidio ocurridos en Cuba, solo pudiera sacarle partido a razón de un caso semanal, el cual también lamentamos, como que en Francia ocurra una nueva trágica historia de esta naturaleza, pero cada dos días. En Alemania, penosamente, también cada año pudieran ponerse a circular más de un centenar de historias, con sus respectivas fotos, titulares y el consiguiente impacto sobre el público.

En comparación con Francia o Alemania, que tienen tasas demográficas más bajas, pero con el doble o casi el triple de casos, el potencial mediático en Cuba sería menos de la mitad, pero sencillamente no existe una guerra comunicacional contra esos países. Esto da la idea de la carga de subjetividad, manipulación, y desfiguración que produce el uso de la mediatización política sobre estos temas.

Una de las intenciones es invisibilizar el papel que han tenido la

Federación de Mujeres Cubanas –que trabaja la violencia intrafamiliar desde 1980, mucho antes que otros países–, el Cenesex, las comisiones de trabajo de la Asamblea Nacional, así como cualquier proyecto que provenga y funcione como parte de la sociedad civil socialista cubana. 

Sería como pretender ignorar la realización de campañas como Eres más, Evoluciona, y Únete, entre otras, así como el trabajo coordinado con la Organización de Naciones Unidas, y el centro Oscar Arnulfo Romero, entre otros. Resultaría extenso mencionar a todas las personas y entidades sociales que en Cuba, de forma real y honesta, trabajan comprometidos con esta causa. Son estas, apoyadas y en conjunto con el Estado cubano; las que han hecho avanzar los temas de género en Cuba. No los que hacen de ellos un espectáculo, superficial y politiquero, bajo la etiqueta de lo «alternativo», cuando el logro de políticas reales surge precisamente de la

articulación con lo «oficial».

La defensa de los derechos de la mujer cubana necesita de iniciativas creativas, novedosas, personales y grupales, y de proyectos de verdadero valor que deben seguir surgiendo y multiplicándose, de activistas jóvenes, que no tienen que estar de acuerdo en todos los métodos y criterios, pero que trabajen articulados con el Estado y las organizaciones existentes en un objetivo común.

Esa maquinaria mediática busca llevarlos hacia un feminismo snobista, fanatizado, superficial, asumido como un estilo de vida, y para algunos oportunistas, fuente de beneficios; así como persigue enajenarlos de todos los objetivos y capacidades prácticas de lo que sería verdaderamente transformador y revolucionario.

Fabricar una imagen negativa, bajo un absurdo y venenoso cartel de oficialistas, intenta confundir para no reconocer las vías de trabajo y el

vínculo con los que verdaderamente han logrado que en Cuba la violencia de género sea objeto de una política gubernamental al máximo nivel, algo a lo que aspiran muchos activistas en no pocos países.

La importación forzada de iniciativas surgidas en otros países al estilo de las campañas extranjeras Me Too y Yo sí te creo, para utilizarlas de manera tóxica, a modo de linchamiento, en el acoso individual o institucional, en la destrucción del prestigio de personas, y propiciar casos judiciales para convertirlos en shows, es el escenario cubano que algunos anhelan.

Tomar conciencia sobre su verdadera intencionalidad es la única manera en que podemos evitar ser manipulados. Entender que, cuando vemos aparecer en nuestro muro de Facebook, u otra red social, uno de estos contenidos, tanto los más burdos como los más sofisticados, estamos siendo testigos de una revictimización de esas mujeres cubanas:  primero víctimas de quien les quitó la vida, y luego de quienes las utilizan como objeto de sus intenciones. 

Tomado de: Granma

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