Tlatelolco: de estela a huella imborrable Homenaje a Raúl Álvarez Garín Por: Yusuam Palacios Ortega

Por estos días se fortalece mi condición revolucionaria; soy un joven de este tiempo y conmigo llevo la fuerza natural de la juventud. Recuerdo siempre aquella frase de Salvador Allende: “ser joven y no revolucionario es casi una contradicción biológica”; luego sobresale una inquieta interrogante, ¿por qué sentirse movido por resortes de lucha, muchas veces lejos de las reales posibilidades que nos depara la propia vida o las circunstancias que nos rodean, deviene en una indescriptible excitación sanguínea de tal fecundidad que en ocasiones asusta? Es parte ello de la juventud; de la frescura y profundidad que visten nuestros actos; del protagonismo que construimos, la avanzada que guiamos, el amor que dictamos desde el verbo encendido, la pluma redentora, la gloriosa acción.

La patria nuestra nos forja creer en un ideal, nos dota de las herramientas de lucha que nos apertrechan en el convite, nos llena de ese sentimiento único e imprescindible en la vida de un revolucionario; amor hidalgo en cada batalla, amor de sangre cuando esta se derrama por amor; es en fin el beso a la madre reservorio del verdadero patriotismo. Y ha sido nuestra Patria Grande, la de Bolívar y Martí, la de Sandino y el Che, la de Fidel y Chávez; quien se honra honrando a uno de sus hijos más seguros, valiosos y éticamente grande; a pocos días de volver a la historia, de ir al pasado que convirtióse en presente pues no se olvida, de sentir como hace 48 años, la masacre genocida, el horrendo crimen, la injusticia sangrienta de Tlatelolco.

Y es que acaso la fuerza que detenta la juventud, sobre todo cuando sus ansias de lucha están más despiertas que el despertador del tiempo, pueden ser detenidas, menguadas o privadas de su espíritu y esencia. La historia se opone a ello, se reconstruye por quienes sí pueden hacerlo, por los protagonistas, los que sintieron las almas llorar por patria, los que vieron la sangre correr por la Plaza de las Tres Culturas, los que vivieron el horror del presidio.

Duele infinitamente no tener físicamente a Raúl Álvarez Garín, saber que su presencia se torna espiritual; juntar la tristeza que sus amigos, sus discípulos y su centenaria madre Doña Manuela Garín; sienten en las honduras de su ser. No se llora la muerte cuando esta es sinónimo de vida, no se desalienta la lucha cuando esta es incólume, no se pierde el tejido patrio que devino construcción heroica. Jóvenes como Raúl Álvarez Garín, en aquel verano inmolado, entraron a la historia para no salir jamás de ella. Quién diría que lo quizás pareció en los primeros momentos, un alarde rebelde de un nutrido grupo de jóvenes de la enseñanza media superior y de la universidad, sin causas bien precisas; se convertiría en un hermoso y multiplicado movimiento estudiantil que no podrá olvidarse a pesar del tiempo transcurrido.

El Movimiento Estudiantil del 68 en México devino motor impulsor de la futura lucha por una nación verdaderamente libre de colonización económica, política, cultural; de males sociales agravados por intereses mezquinos de quienes cargan hoy la pesada culpa de ser, o los responsables o los continuadores de la masacre. Es una página de heroicidad extrema la que protagonizaron estos jóvenes durante poco más de dos meses, desde finales de julio (donde hubo días memorables en la alborada del movimiento como el simbólico 26 que nos recuerda a la Cuba de la generación del centenario de Martí) y hasta la masacre del 2 de octubre, que se convirtieron en años de lucha; porque no hay momento fijo para que encarne en la tierra de los mártires de Tlatelolco la nueva generación de jóvenes que harán de Méxicolo que hombres como Garín demandaron siempre.

Una vuelta al Manifiesto a la Nación “2 de octubre” resulta medular: “El movimiento estudiantil de julio ha surgido como resultado de viejos problemas planteados a un régimen que los ignora, los niega o que pretendiendo resolverlos, en realidad sólo consigue agravarlos y ha evidenciado ante el mundo la situación de miseria y falta de libertades políticas en las que viven la mayoría de los mexicanos”. ¿Acaso no podría ser este un manifiesto contentivo de la realidad mexicana actual? Parece escrito hace unos días, y data nada menos que de 48 años.

Con orgullo y admiración releemos la historia y traemos al presente las acciones que el Movimiento Estudiantil Popular del 68 llevó a cabo en un México que a la par de la tristeza debido a los profundos problemas sociales existentes y la persecución a los militantes comunistas, acusados de ser influenciados por ideas provenientes de La Habana y la desaparecida Unión Soviética, vivía por esos días los preparativos de una Olimpiada; esa que dotarían de elevada cultura, lo mejor del arte mexicano, su consagrada dignidad; enuna ciudad que hervía en la mente y en los pasos firmes de jóvenes a la altura de su tiempo. Y se enfrentaron resueltamente a la ocupación de la Ciudad Universitaria (UNAM), y no fueron menos valientes cuando la toma de los camiones del Instituto Político Nacional (IPN); donde se organizó el movimiento con una altura ética y política trascendental. Y sostuvieron un Pliego Petitorio devenido programa de lucha; y la propuesta concreta del diálogo público; ello sobre la base de la crítica a las bases en que se sustentaba el sistema político, económico y social de México.

Y crearon al calor de las manifestaciones el Consejo Nacional de Huelga (CNH), que jugó un significativo papel en la organicidad y dirección del movimiento, en la concepción de las acciones, como la muy interesante y decisiva manifestación del silencio; en la respuesta enérgica a los pronunciamientos impúdicos y mal intencionados de quien por entonces era el presidente de la nación: Gustavo Díaz Ordaz; quien llegó a amenazar a los jóvenes estudiantes con usar al ejército para reprimir al pueblo. Y llegaron en enorme manifestación al Zócalo, ¡había que llegar al Zócalo!, 13 de agosto, 27 de agosto… días gloriosos para México, días en los que el Movimiento del 68 se irguió dignamente.

¿Y cuál fue la reacción del gobierno, de las fuerzas represoras, del enemigo estudiantil? El escenario: la Plaza de las Tres Culturas; el objetivo: acabar con el movimiento; la huella: imborrable cual herida en el corazón que no se ve y perdura en él toda la vida; la confianza en los mexicanos de que la libertad y las opciones democráticas no estaban perdidas, los nuevos héroes, muchas veces voces del silencio heroico, con su valor demostraron que sí se podía luchar, que no había que pedir permiso, que al calor de la tierra en llanto, se levantan sus hijos y clavan la estaca de la libertad; la agitación popular en el estudiantado fue lección del 68, los movimientos que en lo sucesivo se forjaron: luchas campesinas, obreras, frentes populares, batalla cultural en los medios de prensa, guerrillas; y sobre todo: la concreción de la lucha en objetivos tendentes al cambio político-social. Dejó Tlatelolco sí, una estela de vida, de recuerdo perenne, de grabado e impresión imborrables.

No termina esta honra a Raúl Álvarez Garín sin sus palabras eternas, estelas de vida también: “El 2 de octubre en Tlatelolco el gobierno priísta cometió un crimen horrendo en contra de los estudiantes y del pueblo, nos masacraron con la fuerza de las armas y sin consideración alguna. Pero la violencia no logró doblegarnos y tan sólo añadió evidencias más atroces de la inmoralidad del sistema. En Tlatelolco nos aplastaron, pero pronto resurgimos de mil maneras distintas, porque la significación de los hechos estaba más allá de sus resultados inmediatos, del Movimiento mismo y de los seis puntos del pliego, porque todavía siguen presentes las causas profundas de la inconformidad del pueblo y de los estudiantes, y porque mientras éstas subsistan habrá mexicanos resueltos que se decidan a luchar por cambiar las cosas, y todos ellos encontrarán en el Movimiento del 68 un ejemplo digno de ser tomado en cuenta”.

 

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