Tiempos de molienda

Un amigo mucho mayor que yo, con el que disfruto conversar, me contó una historia de su juventud cuando allá por los años 60 fue enviado a dirigir un central azucarero bien adentro del país.

El central era el más atrasado de la provincia y en cada zafra siempre quedaba por debajo de lo que debía moler. Por ahí habían pasado varios administradores y ninguno había logrado sacarlo adelante. Definitivamente era de los peores del país.

Incluso le creaba un complejo a muchos revolucionarios pues nunca se había logrado que produjera como antes de ser nacionalizado.

Mi amigo tenía entonces poco más de 20 años, pero ya había vivido más que mucha gente. Militando en el Directorio Revolucionario, preso y menor de edad vio la tortura, siendo oficial del Ejército Rebelde sobrevivió de milagro en Girón, dirigió una flotilla de vehículos anfibios en el Ciclón Flora, fue jefe de tropas durante la Guerra del Escambray, había visitado varios países socialistas y chocado con la microfacción en Cuba. En el combate sabía lo que era la incertidumbre dudosa de apretar el gatillo y ver caer a un hombre, como luego euforia callada de comprobar el hecho.

Pero no tenía la menor idea de cómo dirigir un central azucarero. Ni siquiera de cómo funcionaba. Lo único que sabía de azúcar era, si acaso, cuántas cucharadas ponerle al café.

Lo primero que hizo al llegar fue averiguar quién era el más experto. Le dijeron que había un viejo muy desafecto a la Revolución, que había sido técnico del central muchos años, cuando era de los americanos, que era el que más le sabía. Conocía también el central que desde su casa por el sonido y el humo, podía saber si estaba moliendo bien o mal. Cuando los americanos se fueron, como era ya viejo para irse también, se había jubilado.

Pasó por alto el detalle político y se dijo: -¨Ese es el que yo necesito¨. Así que se cambió el uniforme verde olivo por ropa de civil para no asustar al viejo y averiguó donde vivía. Se lo encontró, sentado en el portal de una de las pocas casas buenas del miserable batey, mirando la chimenea del central.

Luego de escucharlo hablar mal del comunismo, de la Revolución, de la Reforma Agraria, de los máximos y mínimos dirigentes, de la madre de los tomates, mi amigo al que ya le dolía la garganta de tragar en seco, le preguntó:

¿Viejo, usted no se aburre en su casa?

Al otro día el viejo estaba primero que él en el central. Se encerraron en la oficina y el viejo empezó a decirle qué hacer:

Mira, el chiquito ese de la paila, bótalo, no hace nada. Al otro, bótalo también, de los dos de la máquina tal, deja a uno, dos no hacen falta, del grupo de cinco, bota a dos…

Cuándo terminó había cepillado a un tercio de la plantilla.

Luego de agradecerle envió al viejo de regreso a casa,llamó a la oficina uno por uno a los mencionados y les dijo que tenían unas vacaciones especiales. Cobrarían el salario completo, pero no vendrían a trabajar.

Cada mañana el viejo y el joven se reunían. En pocos días se había ¨despedido¨ a la mitad del central. En las semanas siguientes el batey llegó a tenermás personas que supuestamente habían perdido su trabajo que los que mantenían un empleo.

El central comenzó a moler mejor, más rápido, cada vez más eficiente.

 El viejo estaba eufórico, había vuelto a su época, a la de la SugarCompany. Así decía pues jamás llamaba al central por el nombre del mártir sindical que le habían puesto. Para engañarlo, mi amigo llegó incluso a hacer una doble plantilla, una ficticia que siempre le mostraba y la real que incluía a los ¨despedidos¨.

Ese año por primera vez el central fue de los mejores. Los otros administradores no salían de su asombro. ¨Un milagro¨, decían. Hasta de la capital llegaron felicitaciones. Lo presentaban como ejemplo. Todos querían saber cuál era el secreto, para hacer lo mismo en los demás centrales.

Pero nunca lo dijo y al final de la zafra, el joven revolucionario deshizo todo lo que había hecho, volviendo a llamar al trabajo al ejército de desempleados qué falsamente había creado.

Dejó al viejo convenientemente sentado en el portal de su casa.

Tuvieron que pasar varios años antes de que el central volviera a moler como debía. Asambleas, discusiones, planes quinquenales y hasta algún infarto. Durante ese tiempo, con frecuencia, alguien indagaba o exigía a mi amigo los resultados meteóricos de su primera zafra.

Cuando se fue, dejó atrás una parte de su vida y el central moliendo mucho mejor que cuándo lo encontró. Se despidió de los pocos que se le cruzaron en las calles del batey, que ya no era tan miserable, porque como era día entre semana todos estaban trabajando.

Solo se detuvo en el cementerio.

Frente a uno de los sepulcros, dijo con una voz que se escuchó más madura que cuando convenció al difunto:

Viejo, mira que el central te molía bien…

Y desde la tumba, que por capricho del sepulturero fue más profunda que las demás, el viejo lo escuchó terminar la frase:

-…, pero esa es la molienda del capitalismo.

Por Javier Gómez Sánchez

javiergosanchez09@gmail.com

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